El último hombre es el primero en enterarse de que la humanidad ha llegado a su fin...el cine lo pone en evidencia y es evidencia misma de ello.

lunes, 30 de marzo de 2009

Arrebato y cinefilia 1 (notas sueltas acerca de una enfermedad y un film).


¿La cinefilia es una enfermedad? ¿Puede ser mortal? ¿Hay vida después del cine? Truffaut decía: “siempre he preferido el reflejo de la vida a la vida misma. Si he elegido los libros y el cine desde la edad de once o doce años, está claro que es porque prefiero ver la vida a través de los libros y del cine”.

Andrés Caicedo quería ver todo el cine hecho hasta el momento y en su lucha no tuvo prejuicios ni radicalismos. No murió víctima de la cinefilia, al contrario, fue ella quien lo ayudó a sobrellevar la locura de la vida, de su vida.

Juan Diego Mejía tiene una novela con un título que es mejor que ella misma: “El cine era mejor que la vida”, yo la leí cayendo en la trampa del título y la terminé enganchado por la historia de un niño y su familia pero con la desilusión de no encontrar la cinefilia por ningún lado.

Por eso, para mí, la vida de Truffaut es tan interesante como su obra, porque admiro su cinefilia, su obsesión por el cine y sin embargo su vida se reduce justamente a su obra pues todo lo que hizo en vida fue ver y hacer películas. ¿Se podría hacer entonces una película acerca de Truffaut? Por supuesto, porque la vida de cualquier persona por insignificante que sea esconde un principio, un clímax y un final, y lo que es más importante aún: todos somos héroes de nuestro pequeño mundo porque luchamos en la soledad de nuestro interior contra ese monstruo que acecha afuera y que se llama vida.

Me he desviado del tema, pero hablo de Truffaut y de la insignificancia (aplicándolo a su vida en un ejemplo quizá apresurado) porque alguien podría confundir exceso con locura o nimiedad con banalidad y en este caso son todas las cosas al mismo tiempo.

Arrebato, un film de 1979 realizado en España por Iván Zulueta, es el más fiel testimonio de una enfermedad que carcome, de una enfermedad diferente. La película es cine dentro del cine pero además es acerca de la locura que puede provocar una imagen, del poder del fotograma, y en este sentido el film es visceral, y como el mismo director lo manifestó hace poco en un homenaje recibido en España, le hubiera gustado prestarle más atención al guión, elaborar mejor las cosas. Yo considero que eso hubiese sido un error pues el guión es parte de la locura vivida por él en ese momento y por lo tanto es honesto: cinefilia y locura en estado puro de un hombre que estaba sumergido en las drogas y otro tipo de problemas.

El film, quizá imperfecto y con errores es, a la vez, un cine perfecto porque es limpio y lleno de poesía, por más subjetiva y reprochable que suene tal afirmación. Así, se encuentran secuencias memorables como el baile de Cecilia Roth imitando a Betty Boop, la única secuencia además en que se hace uso del travelling y que en este caso le da una elegancia propia de Kubrick. Otra secuencia, quizá la más onírica o surrealista si se quiere llamar de algún modo, es la que funciona como video musical de una canción de punk, una secuencia fuera de contexto pero que se disfruta con gran placer.

Una película diferente, original y maldita. Una película de suspenso, de vampirismo (no el de un hombre sino el de una cámara), de cine dentro del cine. Cine sin más intención que el de contar una historia que por más cinéfilo que uno sea y esté “protegido” contra ese mundo paralelo del cine, se queda incrustada como algo que a uno le podría ocurrir por ver tanto cine y da miedo.

Seferine ama el cine, por él muere y vive, recae y renace. En él se concentra lo que la vida esconde y no ofrece, al menos no siempre y no ahora. Bueno, eso dice ella y yo le creo porque entonces a quién sino a mí mismo. Porque ambos somos uno. Yo doy todo por ella y entre dialogo y dialogo me doy cuenta cada vez más de que somos muy diferentes pues los ideales no siempre son como uno los idealiza.

Seferine

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