El último hombre es el primero en enterarse de que la humanidad ha llegado a su fin...el cine lo pone en evidencia y es evidencia misma de ello.

miércoles, 25 de febrero de 2009

Perdido en un film


Hay películas que uno guarda en la memoria y en el corazón; películas que no podemos olvidar y que repasamos de vez en cuando. Creo que he visto más de quince veces Perdidos en Tokio, de Sofia Coppola. La he visto solo y acompañado: solo cuando sólo deseo confirmar mi soledad y medir el estado de mi corazón, y acompañado porque a uno le gusta compartir con la gente que quiere las pelis que uno ama y saber qué reacción provoca en ellos, lo que en últimas es el motivo principal por el que uno anda en un cineclub: para recordar el primer asombro, esa inocencia ya perdida en la primera vez. Por lo general el filme se lo he mostrado a casi todas mis amigas desde que salió en el 2003. Hoy la vi con alguien y decidí entonces hacer un balance de lo que me ha sucedido cada vez que la comparto (sé que suena petulante, como si fuese algo que sólo yo poseo pero en el fondo es así pues el entusiasmo con que la pongo en el DVD y las palabras que preceden a la exhibición pertenecen a mi)

El resultado es algo desalentador: la mayoría de las veces quedo con un vacio profundo cada vez que termina el film pues el rostro de mi acompañante denota cansancio y la incertidumbre que puede provocar el haber visto un filme donde no “ocurre” nada. Entonces todo mi entusiasmo queda por el piso pero no mi convicción de que es una pequeña obra de arte y me empeño aun más en dar argumentos para sustentar mi teoría. Mi amiga hoy, por ejemplo, ha dicho que la película es buena pero nada del otro mundo, que es triste y que el man (Bill Murray o Bob Harris, su personaje) es raro y feo.

Les digo entonces que es un film sencillo, original, honesto y bien realizado, en donde lo que no se muestra es lo que importa, lo que no se dice es lo que llena el film, ese supuesto vacio que viven los personajes es justamente lo que los obliga a estar juntos en un contexto que los arrastra el uno al otro. Es el fuera de campo lo interesante del film y ese beso final la prueba de un silencio que lo dice todo. Siempre me he preguntado qué pasaría si se encontraran diez años después, como le ocurre a los personajes de Richard Linklater en Antes del amanecer y Antes del atardecer y la respuesta que me dan las mujeres es que es un imposible porque es una relación producto de las necesidades de ambos en el momento. Pero yo me niego esa respuesta tan simple, quisiera creer que ambos trascienden la barrera de lo establecido, que su amor cruza ese obstáculo que lo físico impone.

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Seferine ama el cine, por él muere y vive, recae y renace. En él se concentra lo que la vida esconde y no ofrece, al menos no siempre y no ahora. Bueno, eso dice ella y yo le creo porque entonces a quién sino a mí mismo. Porque ambos somos uno. Yo doy todo por ella y entre dialogo y dialogo me doy cuenta cada vez más de que somos muy diferentes pues los ideales no siempre son como uno los idealiza.

Seferine

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